Like angels

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Like Angels

La noche se alzaba en el cielo de Manhattan, las luces de las farolas estaban encendidas, se escuchaban ruidos de claxon en las calles, luces encendidas en los locales... Aunque ya eran pasadas las doce de la madrugada, había un ajetreo ensordecedor. Las calles, aunque estuvieran a estas altas horas de la noche y lo normal sería que estuviesen vacías y que la gente estuviese durmiendo en sus respectivas casas, en aquella zona de Manhattan era a la inversa. Donde mas barbullo de gente se concentraba, la mayoría era gente joven, adolescentes, era cerca del local Pandemónium. Allí, en la cola de Pandemónium, había de todo, desde gente que podía parecer normal y corriente, hasta algunas personas un poco extravagantes vestidas de colores y ropa rara con cabellos de colores y peinados raros. De una de las personas que salían de aquel local, salió una chica.
Su nombre era Lucía, Lucía Herondale, tenía unos 16 años y había venido sola a Pandemónium, lo normal era que viniesen acompañados, pero era la primera vez que había venido, y tampoco era que ella fuese demasiado sociable, no tenía casi amigos, por no decir ninguno. Había venido a Pandemónium para ver si conocía a alguien, en un lugar donde nadie te conoce es mas fácil hacer amigos, o eso era lo que ella pensaba, aunque el parecer, se equivocaba. Tenía el cabello castaño, con reflejos rubios en las puntas, en aquel momento suelto, los cabellos le caían por los hombros, iba con una camiseta de tirantes, tapada con una beisbolera roja, que le había prestado su hermano, y unos pantalones tejanos, lo normal al ir a un club nocturno como es Pandemónium era arreglarse un poco, casi todas las chicas que había visto allí dentro iban con vestidos o faldas, pero no era como ellas. Podía ser aquella la razón de que casi no tenía amigos, no encajaba en la sociedad. 
Miró el móvil, deseando no ver ninguna llamada de su madre, la había dicho que tenía que estar en casa a las doce y media, y ya eran las doce, no parecía que hubiera ningún problema, si no cuentas que de Pandemónium a su casa andando era mas de media hora. Resopló, como llegara tarde su madre la mataría.
Caminaba decidida, dispuesta a llegar a casa lo mas rápido posible, que su madre se enfadara no era la única razón de que quisiese llegar a casa inmediatamente, había otra, tampoco era demasiado importante, pero no es que le agradara mucho la idea de caminar sola de noche por las calles, a aquellas horas era peligroso para una chica de 16 ir por allí. 
Se acercó a un cruce, que la llevaba por dos caminos, el primero estaba lleno de gente y era el mas largo para llegar a su casa, si seguía ese no llegaría antes de y media, y el otro... Tampoco era que le hiciera mucha gracia, era un callejón, era un camino mas rápido para llegar, solo unos diez minutos caminando y estaría a metros de su casa, pero estaba el problema de que en aquel lugar circulaban leyendas, leyendas que no eran de mucho agrado para Lucía. Si cruzaba por allí pasaría en frente del hotel abandonado Dumort, era allí donde circulaban las leyendas, su abuela la había contado que ese lugar estaba habitado por vampiros, ella nunca se lo había creído, ya que, como científicamente estaba demostrado, los vampiros no existían, tampoco es que estuviese científicamente demostrado, pero tampoco habían pruebas de que allí habitaran vampiros. Si hubiese sido por que no tenía tanta prisa, no habría decidido ir por aquel camino, pero lo hizo, al fin y al cabo... Eran solo leyendas.
También había escuchado que muchas de las personas que habían pasado cerca de aquel hotel, o habían entrado en él, habían desaparecido, pero aquello tampoco explicaba las leyendas de vampiros, podrían haber sido secuestros, cosa que tampoco la hacía demasiada gracia. Pero estaba preparada, para algo le serviría los tres años empleados en artes marciales que había empezado a practicar desde que empezó el instituto. Igualmente, estaba asustada. Cogió un barrote de metal que había tirado por el suelo, si veía a alguien... Lo azotaría, lo azotaría hasta dejarle inconsciente. 
"No hay nada de que temer" pensó mientras se acercaba cada vez mas al hotel, había pasado por aquel lugar anteriormente y no la había sucedido nada, pero estaba la contra de que solo había pasado de día, su madre le tenía prohibido pasar por aquel lugar por la noche, como se enterara la iba a matar... Tomó una bocanada de aire al pasar en frente del hotel, estaba sudando, no había pasado mas miedo en su vida. Cuando lo dejó atrás respiró hondo, ya casi se veía el final del callejón, no había pasado nada, entonces escuchó una voz detrás suyo.
-¿Que hace una jovencita sola por estos sitios a estas horas de la noche?-su voz era fría y parecía que se estaba divirtiendo, la causó un escalofrío que le puso la piel de gallina, apretó fuertemente el palo, se giró y vio a un chico, no debía ser demasiado mayor, tendría su misma edad, delgado, cono ojos oscuros y la tez clara, demasiado clara. Alzó el palo, poniéndolo delante suyo, para que no se la acercara.
-¿Quién eres? ¿Qué vas ha hacerme? No tengo nada, si quieres te doy mi móvil, solo tengo 20 dólares, si quieres ten, cógelos, son tuyos-sacó del bolsillo de la beisbolera los 20 dólares que le había dado su madre para aquella noche y se los enseñó mientras los sacudía para que los cogiera, pero el chico ni se inmutó, solo sonrió-. Cógelos, coge lo que quieras, pero no me hagas daño...
-No te voy ha hacer daño. Paseaba por aquí, vivo cerca, y me pareció extraño ver a alguien por estos callejones, circulan extrañas leyendas, sobre criaturas de la noche, me ha extrañado que una chica se atreviera a pasear por aquí sola por la noche.
-Lo sé... Yo iba para mi casa, y no tengo tiempo para hablar, sino te importa que...-se giró para irse, preparada para correr si era necesario, pero de repente notó una mano fría sobre su hombro, soltó un grito cuando la tocó y alzó el palo, intentando darle para que se apartara, pero no lo hacía, no se apartaba. 
-¿Por qué no entras al hotel? En realidad las leyendas son falsas... Allí dentro hay fiesta las 24 horas-el chico sonrió, enseñando su dentadura, tenía dos caninos afilados, pero Lucía no se fijo en eso, su mente solo quería escapar, escapar de allí.
-No es que no tengo tiempo, mi madre me está esperando y...-paró de hablar cuando el chico juntó las cejas y negó con la cabeza, se acercó a ella y ella al ver lo que hacía le dio un golpe con el palo de metal en el hombro, él ni se inmutó, parecía como si no sintiese el dolor-. Aléjate de mi, si no lo haces en tres segundos voy a gritar.
-No creo que a la Clave le importe que nos saltemos las leyes por una vez, hace tanto tiempo que no pruebo sangre humana...-pasó su dedo índice por su cuello, dibujando un círculo en la parte inferior de él, ella trago saliva, ¿probar sangre humana? ¿Eso significaba que él era un...
-¿Quién es la Clave? ¿Quién eres tú?-dijo con un eje de miedo en la voz, lo estaba intentando contener, pero no podía.
-No creo que mi nombre importe en estos momentos, después ya, cuando tu corazón deje de latir, nos presentamos y eso.
¿Qué su corazón dejaría de latir? ¿Que la iba ha hacer? Intentó dar un paso atrás, pero tropezó y cayó al suelo, él sonrió, sus pupilas se dilataron, sacó los dientes, dientes magníficamente blancos, pero eso no era lo importante, en aquel momento, si se dio cuenta de lo que sobresalía de su dentadura, dos caninos blancos, que como si fuera arte de magia, estaban creciendo. Lucía gritó, aunque no esperaba que nadie fuera a venir a salvarla, ya que, en aquel lugar tampoco vivía nadie. Cerró los ojos con fuerza, esperando que fuera rápido, que muriera rápido, sin dolor, pero el dolor no venía, entonces se escuchó un fuerte ruido cerca de ella, un grito, que no era el suyo. Y abrió los ojos.
El vampiro, ¿por qué eso es lo que era no? Ya no estaba, bueno, si que estaba, pero no estaba delante de ella, sino tumbado de cara al suelo, con una mancha roja que salía de su espalda donde ahora había una daga... Gritó, había alguien mas allí, intentó ponerse de pie y correr, pero el miedo la paralizaba, no podía. Intentó aguzar la vista para distinguir al otro ser humano que había en aquel mismo instante en el callejón, no vio demasiado, solo una sombra, una sombra que sacaba la daga, que era de un color plateado que relucía en la oscuridad, y con ella cortaba la cabeza al vampiro. Haciendo que un mar de sangre cubriera el suelo sucio y llegara a una de las botas de Lucía, movió rápidamente el pie, como si así la sangre desapareciera, pero como era por sentado, no fue así.
-¿QUÉ HACES?-gritó Lucía mientras intentaba ponerse de pie y a la vez coger el palo que se había caído con ella. La sombra que había estado arrodillada a la criatura que casi la mataba la miró, tampoco estaba segura que la mirara, ya que no veía nada, había aparecido una extraña oscuridad en aquel preciso momento, la sombra se alzó y se acercó a ella, pudo distinguir que era un chico, con un par de años mas que ella, su cabello era de un color negro azabache, su tez era pálida y ruborosa, suspiró, aunque sea eso podía significar que él no era uno de los... Vampiros. Sus ojos eran de un tono azul oscuro del vidrio de una botella, eran preciosos, ella siempre había querido tener unos ojos así y no los café que tenía-. LE HAS CORTADO EL CUELLO, ERES UN MONSTRUO, DIOS SANTO. 
-Te he salvado la vida-dijo con un tono seco, mirándola sorprendido, alzando una de sus cejas-. Y creo no tienes demasiado claro lo que monstruo significa, mundi, esto es un monstruo.
Dio una patada al vampiro que yacía desplomado en el suelo, con la cara ensangrentada, mientras del cuello aún se veía la sangre caer.
-¿Qué me has llamado?-preguntó ella sorprendida, en su vida había escuchado aquel apelativo, mundi-. ¿Es algún apodo despreciable? Mira, que sepas que aunque sea casi rubia no soy tonta ni nada y que por que no lo sepa no significa que...
-Anda ya, cállate. Te he llamado mundi, mundana, alguien normal, humano. Eso te he llamado. Pero me sorprende que me estés viendo.
-¿Entonces tú que eres si no eres humano? ¿Tú también eres un vampiro y has matado a tu amigo para beberte mi sangre?-el chico lanzó una carcajada, haciendo que se le viera su dentadura, Lucía la miró con atención, no tenía los caninos como el otro, sino que los tenía normales.
-¿De verdad crees que soy vampiro? ¿Dónde me ves los colmillos? 
-¿Hombre lobo? No me dirás que los hombre lobo también existen...
-No y si. No soy un hombre lobo, y tampoco me convendría, los hombres lobo huelen demasiado. Pero si que existen.
-Ya, ¿entonces que eres si no eres un hombre lobo ni un vampiro? ¿Un brujo?-el chico negó, divertido, ella tampoco era de saber demasiado sobre el mundo sobrenatural, aunque su abuela se pasaba el día mirando programas extraños en los que siempre salían cosas de esas-. ¿Demonio?
Una carcajada salió de su boca, ella se preguntó de que reía, tampoco era tan absurdo, ¿o es que los demonios no existían? Sus pocos conocimientos de aquel mundo sobrenatural era que los vampiros y los hombres lobo eran así por una enfermedad demoníaca, y si existían ellos, podían existir también los demonios.
-¿En serio crees que soy un demonio? ¿Has visto alguno en tu vida? ¿Sabes cómo son?-él seguía riéndose, aunque ella no le pillaba la gracia, se estaba empezando a impacientar.
-Podría, hay demonios que entran dentro de cuerpos de las personas según lo que me explicó mi abuela...
-Cuentos de viejas. Soy todo lo contrario. Yo mato demonios.
-¿Eres un ángel?
-Parecido-el chico sacó el cuchillo del cuerpo del vampiro, y se lo puso en la cintura, donde tenía mas armas, desconocidas para ella-. Bueno mundana, he hablado mas de lo que debería haber hablado, me voy.
-¿Y yo qué? ¿Me quedo aquí? Habrán mas vampiros de esos por aquí...
-Coge la salida esa para donde hay mucha gente, allí vete para tu casa. Si yo fuera tú no volvería a pasar por aquí nunca más, y menos por la noche. Hay que ser insensato...-se giró y empezó a irse. Habían demasiadas preguntas por hacerle que a Lucía no le salían de la boca, se estaba alejando y perdiéndose de la vista cuando gritó la primera pregunta que se le vino por la cabeza.
-¿CÓMO TE LLAMAS?
-Alec Lightwood.

Palpó las llaves nerviosa, al final había llegado tarde, miró la hora de su reloj, casi eran la una y media... Mierda, su madre estaría como una fiera. Abrió lentamente la cerradura, rezando para sus adentros que su madre se hubiese ido a dormir, que no estuviese. Pero sus pensamientos fueron en vano, por que al abrir la puerta, se encontró con ella en frente del marco de la puerta con los brazos cruzados, mirándola. 
-¿Tú crees que son estás horas de llegar?

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